El mito de «La Pastora»: el latido más hondo de Stuka

Le pusieron Teresa al nacer. Pero no tenían claro si era niño o niña.

Nació en Vallibona, un pueblo de casas blancas y tejas rojas en el Alto Maestrazgo que trepa por la ladera de un barranco como una colmena.

Vino al mundo en una casa de pastores, en el Mas de la Pallisa, y enseguida convencieron a su padre para que lo inscribiera en el registro civil como una niña para evitarle bochornos innecesarios cuando cumpliera el servicio militar. Así que Teresa Pla Meseguer creció vistiendo faldas, aunque su aspecto andrógino lo delataba; le llamaban «Teresot», y se burlaban de él. ¿Qué escondes debajo de las faldas, «Teresona»?, le preguntaban.

Creció cuidando ovejas en las laderas de Vallibona, al norte de Castellón, hasta que un día, después de una vejación, después del incendio de una masía por parte de la Guardia Civil – y la guerra había terminado hacía una década- se puso ropas de hombre, se echó al monte y se labró una leyenda con el nombre de Florencio y el apodo de Durruti, o La Pastora, dentro de la agrupación de guerrilleros de Levante y Aragón.

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